Italia, entre la videopolítica y la política anti-sistema

 

Mani pulite fue el proceso judicial que puso fin al sistema político italiano de 1948 al limpiar la corrupción de toda su clase política. Los efectos que produjo en la década de los noventa, una acusada reacción anti-política y anti-partidista, se sienten aún hoy, incluso parecen pronunciarse al quedar Italia en medio de dos de los peores males de la política contemporánea: la videopolítica y la política anti-sistema.

Y es que al concluir las elecciones generales de febrero de 2013, el electorado pasó de la apatía y la incertidumbre al asombro toda vez que un desprestigiado Silvio Berlusconi consigue regresar triunfante a la política nacional, al conseguir el control del Senado y un empate con Barsani en la Casa, mientras el cómico Beppe Grillo, con su movimiento 5 Estrellas alcanzó el 26 por ciento de los votos a la cámara Baja, gracias al populismo de su delirante campaña contra la videocracia y Berlusconi, los políticos y sus partidos, contra Monti y los europeístas…

Lo que no sabe el conocido cómico es que su movimiento es una anomalía propia de tiempos de crisis, cuya existencia está sujeta a la capacidad de la clase política para recomponerse y tomar de nuevo el control del Estado. Él mismo, como Berlusconi, son la más pura expresión del peligro que representa el declive de los partidos hegemónicos –como lo fue la Democracia Cristiana– pues en este tipo de coyunturas, como dijo Gramsci, aparecen como fuerzas providenciales ahora, por ejemplo, valiéndose de mitos como la democracia líquida o el asambleísmo tweet.

Justamente, desde que la Democracia Cristiana desapareció en 1994, la clase dirigente no ha podido encontrar una solución orgánica a la crisis de hegemonía que ello detonó. Incluso, el mismo diseño electoral se ha encargado de engrandecer los efectos perniciosos de esta ausencia, al propiciar la sobrerrepresentación política y el auto-bloqueo. El resultado de las elecciones no puede ser más claro: nadie gana. Aunque en la Casa se consiga una mayoría, producto de una suerte de “cláusula de gobernabilidad”, en el Senado resulta imposible. ¿Cómo podría mantenerse un gobierno así?

Hoy, sin un partido dominante, la democracia italiana se refunde en un parlamentarismo que delibera pero no decide, según la vieja queja schmittiana. Mal augurio para la cuarta economía de Europa, a la que se le demanda urgentemente reformas ad hoc para hacer frente a la grave crisis de deuda por la que atraviesa, y de cuya resolución pende ahora buena parte de la actual crisis financiera continental. Pero la ingobernabilidad sigue ahí, paradójicamente, con el riesgo de nuevas elecciones.



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