La reforma electoral del Pacto por México

Rafael Morales

La oposición política en México ha desaparecido de facto por una estrategia que busca encapsular su capacidad de contención dentro de un vertiginoso programa de reformas. Sin programas ni contrapropuestas propias, esta parece justificar su avasallamiento bajo una amorosa coincidencia de intereses. Y bajo este cómico idilio los partidos amagan con romper con la autoridad de un Pacto que tuvieron que acordar a escondidas, sólo para mostrar su impotencia ante la subordinación de la que son objeto, al sancionar servilmente el actual estado de cosas.

Como Jefe de Estado, Enrique Peña Nieto consiguió la mayoría electoral y hoy se alza también con la Mayoría Política. El consentimiento obtenido de parte de las principales fuerzas políticas sienta las bases para la construcción del nuevo consenso. La escena de los representantes desfilando uno a uno para suscribir la reforma a las telecomunicaciones expresa de forma lapidaria el grado de subordinación de los otros poderes al clima resultante: la Voluntad Colectiva emanada de un acuerdo político que supera hasta la misma Constitución.

Calificado como “intrascendente”, como un simple “instrumento verbal” o una mentira política más, el Pacto produce confusión entre quienes creyeron sus propósitos oficiales al ver en él un mecanismo incluyente, efectivo o no, para alcanzar “negociaciones y acuerdos para avanzar reformas legislativas destinadas a impulsar el desarrollo y la competitividad del país” y entre los incrédulos, quienes vieron que detrás de sus propósitos reales está la vuelta al perverso pasado, a las ominosas concertacesiones del reparto y la negociación de los triunfos electorales.

Pero el ejercicio del poder no puede reducirse a otra comedia, como la aprobación de leyes o el reparto de cuotas. El interés de control va más allá y se dirige a construir una legitimidad sobre la base de una nueva hegemonía, habilitada por el mito del Acuerdo Nacional, verdadero instrumento de control del Estado toda vez que consigue que las fuerzas que operan en el sistema acepten sus nuevas funciones y el alineamiento ideológico que hace que ya nadie se puede oponer a nada.

La reforma electoral que surgirá del Pacto será el último dispositivo de control con el que las oposiciones verán encapsulada su capacidad de movilización y contención, sobre todo en el orden local. Con la centralización de las elecciones, los partidos perderían un punto de apoyo crítico para el financiamiento local de sus actividades, en estados donde han logrado controlar a los órganos autónomos. En el delirio por acabar con los autoritarismos locales, los opositores podrían contribuir a desaparecer los propios monopolios políticos de los que se benefician.

Desde el proyecto del gobierno, la democracia en los estados sólo tiene sentido si permite la condensación del poder en el orden federal. De volver a crear a un IFE y de conseguir su transformación en una hipermaquinaria nacional tecno-burocrática, Enrique Peña Nieto se alzaría con un nuevo control electoral gracias a la obra de sus oposiciones que verán gustosas como se erige como el demócrata y el último gran reformador del siglo XXI.



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