¿Cuánto importan los partidos en los regímenes presidenciales?

Rafael Morales

¿Por qué algunos gobiernos son más efectivos que otros? Existen muchas explicaciones que pueden dar cuenta del éxito o fracaso de una administración pública. Uno de los factores clave es la forma en la que se vincula el gobierno con los partidos políticos. Este vínculo es conocido como la relación partido-gobierno y es definido generalmente por el régimen político. Su conocimiento es necesario no sólo para entender la estabilidad y eficacia gubernamental sino también para comprender la consolidación organizativa de los propios partidos políticos. En algunos países este tipo de vinculación es orgánica y necesaria para la gobernación pero en otras formas de gobierno puede ser inconsistente o incluso tirante.

Por ejemplo, en los sistemas presidenciales los partidos suelen tener una vida menos estable que en los esquemas parlamentarios, sobre todo por la existencia de una fuerte personalización del poder en un presidente. En este régimen, el titular del poder ejecutivo no puede adoptar simultáneamente la función del control partidista junto con las funciones de Jefe de Estado y de jefe de gobierno, propias de su cargo. Esta inexistencia de un vínculo directo entre el liderazgo del gobernante y la dirección de su partido genera ciertas desventajas, sobre todo cuando el partido del presidente pasa a la oposición después de una derrota electoral, pues el partido deja de gravitar alrededor de la presidencia y el ex presidente pasa a jubilarse políticamente, no a integrarse a la vida del partido.

A diferencia de los regímenes parlamentarios, donde un primer ministro suele ser antes que nada el líder de su propio partido en el parlamento, en los gobiernos presidenciales los jefes del poder ejecutivo no requieren contar con la ascendencia política sobre los partidos que los postularon para formar su gobierno, toda vez que está separada la elección del poder ejecutivo de la del poder legislativo. Incluso, pueden prescindir de estos sin ver afectada hasta cierto punto la relación con el poder legislativo, pues cuentan con los suficientes poderes para poder construir mayorías políticas conforme lo demande la coyuntura y para promover la formación de partidos a modo.

América Latina es pródiga en ejemplos sobre como los partidos son prescindibles en un régimen presidencial y las consecuencias que esto conlleva para su vida interna. En el presidencialismo latinoamericano los partidos han sido históricamente organizaciones carentes de estabilidad y ha sido una constante su atomización, primero por los episodios históricos en el que dictaduras de todo tipo impidieron su desarrollo pero también por la falta de bases sociales y de incentivos para su institucionalización por parte del sistema electoral. Esto ha llevado a la existencia de partidos personalistas, y a una la incesante política de fusiones y alianzas indefinidas o bien a la franca regionalización de las fuerzas políticas, a pesar de ostentarse como partidos de corte nacional.

En el caso de México, a pesar de las virtudes del sistema electoral para impulsar la modernización e institucionalización de los partidos (su nacionalización, burocratización y profesionalización) el régimen presidencial sigue teniendo un peso específico en su consolidación organizativa, pues en forma cíclica los partidos deben ajustarse a la existencia de un doble liderazgo partidista, formal e informal, según si el propio partido consigue alcanzar el poder ejecutivo. Una vez que el partido pasa a la oposición, hay una ruptura inevitable en su coalición dominante, pues el presidente de la República deja de ejercer su fuerza de atracción y el partido debe construir una nueva forma de entendimiento entre las distintas fracciones internas.

Por lo anterior, casos como la disputa interna que vive el partido Acción Nacional no deben verse como producto de las ambiciones desmedidas de un puñado de senadores sin escrúpulos o de un dirigente partidista resentido con el pasado sino como producto del  reajuste en la relación partido-gobierno, proceso que vive de forma inversa el PRI, que al ganar el gobierno vuelve a recolocar a la  persona del presidente de la República como el jefe indiscutible de su organización política. Por ello, es necesario volver a valorar el vínculo partido-gobierno en la historia contemporánea -fuera de los clichés académicos de la transición a la democracia- y encaminar la próxima reforma política a su reconocimiento e institucionalización.



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