¡Shock!

Rafael Morales

Las diferencias entre los diversos sistemas políticos no se deben al origen y título del poder, a si son repúblicas o monarquías, o al tipo de división de poderes establecido, si se tiene una división rígida como en los presidencialismos o una división poco marcada como en los parlamentarismos. Lo que los distingue es la forma en la que cumplen la función de convertir las demandas político-sociales en respuestas específicas.

De acuerdo a una imagen eastoniana, todo sistema político debe ser capaz de dar entrada a los insumos que se generan dentro del ambiente o contexto en el que se encuentra inmerso. Estos insumos aparecen como demandas de movimientos sociales o de individuos, protestas grupales o de sector e intereses de todo tipo. Por medio de sus instituciones y procesos la autoridad trabajará en la conversión de estos insumos en decisiones y acciones con carácter obligatorio. Las decisiones son el producto político más visible del sistema y tendrán una influencia determinante en la formación de nuevas demandas e intereses que volverán a ser procesados en un interminable ciclo de retroalimentación entrada-salida.

En México, la elite política liderada por Enrique Peña Nieto impulsó una serie de reformas a finales de 2012, las conocidas transformaciones simultáneas económico-financieras, político-electorales y político-administrativas. Estos cambios han llevado al sistema político a un estado de shock toda vez que se ha producido i) una sobresaturación de demandas y, en consecuencia, ii) una interrupción del flujo de respuestas del sistema político al ambiente. Es decir, la agenda de cambios redirigidos desde dentro del sistema, como se estableció en Pacto por México más los propios pendientes del congreso, han superado la capacidad de todas las instituciones –no sólo del legislativo- para la conversión de tales demandas en salidas efectivas, nuevas decisiones y acciones coherentes que influyan decisivamente en el contexto social.

Las demandas auto-generadas desde dentro del sistema, que implican reformas legales pero, sobre todo, el establecimiento de nuevas instituciones y procesos, se han caracterizado por buscar la transformación de múltiples subsistemas clientelares, corporativos o cuasi mafiosos con una fuerte capacidad para resistir al cambio, lo que ha generado tensiones en el ambiente (las violentas protestas por los cambios unilaterales en la gestión educativa son un ejemplo de ello). En este caso, los subsistemas o sistemas parapolíticos pueden procesar en dos formas toda la descarga eléctrica, sea extinguiéndose para ser absorbidos por otro subsistema más funcional a los intereses de la elite (la CNTE captada por la SNTE) o incorporándose al sistema bajo la forma de partidos o de una burocracia gubernamental (vía PANAL).

Queda en pie la duda sobre la capacidad del sistema para dar respuestas bajo estrés permanente, derivado no sólo por la sobresaturación de demandas producidas de forma interna sino también por la pobre eficacia de las respuestas producidas. A riesgo de que la insatisfacción de dichas demandas se vuelva en su contra, y se vuelva viable un esfuerzo de auto-transformación (tal como un arreglo constitucional o una nueva forma de gobierno) las autoridades buscarán reducirlas regulando las marchas o minando el apoyo de los movimientos sociales a través de la abierta descalificación por los medios. La imagen no puede ser más contundente: el cierre del Congreso (máximo órgano de la soberanía nacional) y del zócalo (la primera plaza de armas de la República). El sistema en shock.



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